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Cuando muere un poeta
 
Rafael Rattia
 
 
Ciertamente, cuando un poeta muere –físicamente se entiende, porque los poetas no mueren nunca- se apaga momentáneamente un faro en medio de la niebla. Cuando un poeta fallece algo sustantivo en la sociedad se quiebra para siempre; algo esencial se resiente de modo radical, es decir en sus raíces. Con la muerte de un poeta son tantos los escritores que se van con él; son tantos, incontables a decir verdad, los libros que cierran sus páginas.                                    
Qué legión de autores silencian su voz cuando un poeta calla la suya para siempre, aunque los ecos y resonancias de la lira del bardo queden reverberando en nuestros espíritus por siempre, adoptando la extraña forma de una prolongación en nosotros de esa especie de cinta de moëbius que es el “tesaurus lingüístico” que orna a su vez la cultura que vamos absorbiendo a lo largo de nuestro feliz y tortuoso transitar por la existencia. No sólo se apaga una voz, un timbre singular, una cadencia verbal cuando muere un poeta: se pierden irremediablemente centenares de miles de libros leídos por el poeta que muere, se silencia una antigua música de alas y horóscopos (el azar y la necesidad inextricablemente fusionados en la súbita inanidad del ser) hace mutis aeternum para trazar una extensión nada habitual en quienes por quién sabe qué enigmática lógica debemos sobrevivirle.                                                                      
Obviamente, no es una pérdida cualquiera la desaparición física de un escritor; máxime si tras de sí el poeta ha dejado una Obra escrita de sustantivo valor artístico y literario que inexorablemente va a contribuir a acrecentar cualitativamente el incesante e inacabado patrimonio espiritual de la humanidad. Tal vez cuando Andrés Bello murió sus contemporáneos no imaginaron que la muerte del autor de la Silva a la agricultura de la zona tórrida era, al mismo tiempo, el nacimiento de un poeta a los cielos de la eternidad.
El inmarcesible poeta Juan Antonio Pérez Bonalde debió sufrir los implacables rigores del látigo de la indiferencia y el ostracismo antes de venir a “morir” a su amada y escarnecida matria. El egregio bardo cumanés universal, J.A. Ramos Sucre fue aventado hasta la gélida Ginebra por el Servicio Exterior del gomezalato y muy pocos venezolanos de su generación atinaron a atisbar que con su voluntaria desaparición estaba surgiendo la voz más representativa del desgarramiento ontológico, del padecimiento psíquico que significa no poder dormir; condición indispensable para preservar la imprescindible lucidez que distingue a la humana condición. Cito estos tres casos emblemáticos de nuestro parnaso literario venezolano para intentar ilustrar gráficamente y de modo irrevocable la patológica adoración fetichista necrofílica del ser nacional hacia sus más excelsas y sensitivas inteligencias que advinieron al mundo para trascender las frágiles centurias y los endebles siglos para alcanzar la gloria eterna del marmóreo recuerdo de la humanidad. Acaso no se ha interrogado usted, inteligente y sensible lector, ¿cuántos siglos debió permanecer en el más oscuro anonimato, por ejemplo, un poeta como Parménides; cuántos milenios ha tenido que soportar la poesía humillación e inquina que las incontables sociedades y civilizaciones han vertido sobre la humilde y no pocas veces silenciosa trashumancia del poeta sobre el orbe.
 
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