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La retórica patriotera bolivariana
 
Rafael Rattia
 
Los que forman parte de “la nueva clase gobernante” en Venezuela insisten hasta la saciedad en tildar con el adjetivo de “apátrida” a todo aquél que no se aviene a sus delirios decimonónicos patrioteros falsamente nacionalistas. Que ese mazacote indigesto genéricamente denominado “chavismo” sea un recurso apologético retrógrado y reaccionario que sirve para justificar las más abominables perpetraciones antinacionales, no deja ningún resquicio de dudas a ningún ciudadano sensato.
Usted, respetado lector, que osa leer estas líneas; ¿acaso no ha reparado en la abismal diferencia que nos restriega en la cara el autoproclamarse “bolivariano” y, efectivamente, ser “bolivarero”?
Hace una década, con el advenimiento de “la era del vacío revolucionario”, como le hubiera gustado decir a Gilles Lipowesky, se comenzó a entronizar en el seno de la sociedad venezolana una singularísima nueva clase tecno-burocrática que izó unos presuntos “nuevos ideales” basados en las banderas de la lucha contra la corrupción; pero logrando conservar para su beneficio “viejos procedimientos” propios de la putrefacta partidarquía adeco-copeyana, bipartidista. Los novísimos oropeles semánticos que orlan las cansinas verborreas parlanchinas del jefe de gobierno que se ufana de llenarse su bocota con frases versallescas como “El Estado soy yo”, no ocultan las perversas prácticas malamañosas de sus adláteres que ocupan funciones claves dentro del enmarañado tinglado burocrático del funcionariado gubernamental.
 
¿Quién osa atreverse a dudar hoy, 10 años después de su arlequinesco juramento sobre aquella moribunda Constitución de 1961, que la revolución socialista bolivariana devino esperpento estatocrático; estado voraz, corrupto y dispendioso?
¿Acaso el Estado socialista bolivariano no posee los rasgos distintivos y característicos de un caricaturesco sub-imperialismo regional, cuando sus representantes diplomáticos en México son cuestionados por las autoridades legítimas de esa nación por su descarada intervención en la última elección que derrotó a Andrés Manuel López Obrador?
¿Acaso cuando el Presidente del Congreso en Bolivia denuncia la abusiva intervención de partisanos chavistas-bolivarianos en los asuntos internos de ese país no se evidencia una flagrante violación del sagrado principio de autodeterminación de los pueblos y de irrespeto a la soberanía de la hija predilecta del Libertador, Bolivia?
Cómo se entiende, por ejemplo, que en el marco de la filosofía política del socialismo del siglo XXI, se meta en un mismo saco, abusivamente, sin ningún pudor teórico, conceptos antitéticos e irreconciliables como “el internacionalismo proletario” de raigambre leninista, con el patidifuso y gaseoso pre-concepto de “desarrollo endógeno”. Esas son las costuras escandalosas que ostenta el pretendido socialismo chavista a la hora de justificar su inexistente coherencia político-filosófica.
¡Pamplinas!, teóricamente, en el plano del enunciado semántico y empalabrador, la revolución hace en la praxis todo lo contrario a que dice. Duplicidad ética o doble moral se llama esto. Un ejemplo minimum: La “vigente” Constitución bolivariana, derogada a cada instante por las bochornosas y aberrantes tropelías puestas en práctica por el Sanedrín de Miraflores postula que el nuestro es un Estado de derecho, de justicia y de equidad: no obstante, los sueldos de la nomenclatura chavista; los que devenga la vanguardia iluminada encargada de hacer realidad el cielo de la igualdad y la justicia aquí abajo en la tierra, sólo son comparables con los de los ejecutivos de las 10 corporaciones multinacionales más representativas del orbe terráqueo. O sea, en el reino socialista a la venezolana existen primus inter pares; es decir, camaradas más iguales que otros que supuestamente merecen ganar 64 millones de bolívares mensuales, mientras la inmensa mayoría se la ve negras realizando malabarismos con un salario que no alcanza ni la tercera parte de lo cuesta la cesta básica mensual.
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